sábado, 7 de septiembre de 2013



LOS JARDINEROS 
DE LA TIERRA


En un lejano monasterio un maestro le contaba una historia a su discípulo:

- Escúchame con atención, pequeño – dijo el anciano – pues te voy a contar una de las leyendas que corren respecto a la historia antigua de nuestro planeta. Es una leyenda que ha ido pasando de generación en generación y que todo el mundo en nuestra comunidad, llegado a una cierta edad, debe conocer y comprender, pues encierra una gran lección que tendrás que asimilar si deseas seguir formando parte de este bello lugar.

Te escucho maestro, te agradezco que puedas contarme la historia…
- Empecemos pues…

Hace eones de tiempo, en el centro de nuestra galaxia, los maestros arquitectos, grandes creadores de vida que vivían junto al Logos se recreaban formando estrellas, soles y sistemas planetarios por doquier en los cuatro confines de la Vía Láctea.  Varios de esos arquitectos planetarios, después de lanzar una estrella por aquí, un sistema por allá, se percataron de que en uno de los sistemas solares ya creados había hueco para otro pequeño planeta, y como estaban con el tono creativo subido, guiñáronse el ojo unos a otros y dijéronse: 

“creemos un lugar que sirva para ser disfrutado por todas las razas y seres que existen en nuestra galaxia, creemos un pequeño paraíso ahí donde las condiciones son óptimas para ello”.

Dicho y hecho, ese pequeño paraíso fue formado primero a nivel energético, los moldes de los diferentes cuerpos etéricos que iban a componerlo fueron creándose, primero desde el plano más sutil hasta los planos más densos, donde finalmente la materia empezó a condensarse y a formar una perfecta y compacta masa sólida.

Las energías de los elementos empezaron a mezclarse, el fuego y el aire, el agua y la tierra. Se formó el núcleo del planeta, con vida y conciencia propia, se formaron los mares, cuyo espíritu sentó las bases para la vida en el agua, se formaron los primeros campos energéticos que dieron lugar a formas primitivas de flora, se integraron la energía y furia del fuego en los volcanes y el espíritu del viento en la atmósfera.

A medida que millones de años iban transcurriendo, pues los arquitectos creadores tenían que dejar enfriar y reposar su creación, las energías combinadas de los elementos dieron lugar a las energías de la naturaleza y crecieron árboles, plantas y flores por doquier. Los elementales del fuego, del agua, del viento y de la tierra manifestaron a elfos, hadas, ondinas, salamandras, gnomos y todo un elenco de seres para velar por el buen funcionamiento y el crecimiento de este planeta que nacía como una joya azul, vibrante, un punto resplandeciente dotado de todo aquello que podría considerarse necesario para que el nuevo planeta fuera uno de los paraísos y lugares de reposo de toda la galaxia.

Así, cuando el planeta estuvo listo físicamente, los grandes arquitectos informaron a diferentes razas de la galaxia, y muchas se asombraron al descubrir tal maravilla en el espacio, en un sistema solar tan poco conocido hasta entonces. Muchas de ellas se convirtieron en jardineros y sembradores de vida, trajeron muchas especies de animales y plantas de sus propios sistemas y las añadieron a las especies que el planeta había manifestado en su propia habilidad creativa. La Tierra se convirtió en un compendio de conciencias que compartían un mismo cuerpo físico, que se autodenomino Kumara, pues los espíritus de los elementos, la conciencia del núcleo del planeta, los seres que cuidaban de la naturaleza y los propios espíritus grupales de los árboles y los animales se unieron para trabajar juntos por el desarrollo de la vida en armonía con el resto de la Creación.

Desde el espacio, las múltiples razas que habían sembrado parte de la vida orgánica se regocijaban desde sus naves al ver como crecían las plantas, como avanzaban y se desarrollaban nuevos animales, como la belleza del planeta se incrementaba en cada instante.
Sin embargo, un buen día, desde una de esas naves desde donde se supervisaba el desarrollo del planeta, algunos de los cuidadores del mismo vieron pasar otras naves que rápidamente descendían hacia la superficie del planeta azul. Estupefactos, pues no sabían de quien pudiera tratarse, ya que todas las razas que habían colaborado en la siembra del planeta estaban en permanente contacto respecto a sus trabajos de “jardinería”, decidieron enviar emisarios voluntarios para ver que estaba sucediendo y quienes eran esos nuevos visitantes. Pero para ello debían ir de incógnito, no sabiendo que podían encontrarse, así que no les quedó otro remedio que entrar encarnando en una de las especies que pudiera albergar, aun con dificultades, una conciencia de alguno de los jardineros para que este pudiese observar que estaba pasando de forma totalmente clandestina.

Así, uno de los seres que monitorizaba el planeta decidió bajar, entrando primero en los planos internos no físicos, donde diferentes guías y seres de luz le indicaron como construirse un “alma”, que iba a ser el vehículo energético que iba a necesitar para poder usar uno de los “contenedores” disponibles, la vida orgánica más avanzada representada por una de las nuevas especies de homínidos que se había desarrollado de forma natural en los últimos miles de años.

El jardinero aprendió como introducir su ser dentro de ese traje energético que los guías le ofrecían y que habían denominado “alma”, y se fusionó con ella, pudiendo entonces entrar en el plano físico.
Reuniéndose primero con el gran espíritu de los animales, pidió permiso a ese ser que gobernaba entonces la conciencia grupal de los homínidos para usar uno de sus cuerpos físicos, permiso que le fue concedido, así que este jardinero se vio finalmente encarnado en uno de los homínidos y pudo observar a los seres recién llegados al planeta sin ser visto ni detectado.
Pero lo que vio le horrorizó.
¡Por todos los creadores de sistemas! exclamó.

Miles de homínidos como el cuerpo que el mismo estaba usando habían sido capturados, atados, encadenados, ¡y estaban haciendo experimentos con ellos! ¿Cómo es posible? ¿Quiénes son estos visitantes? ¿Cómo pueden estar dañando y haciendo esto con la vida en este planeta? 

El jardinero se acerco más a uno de los centros donde se habían establecido los visitantes del espacio, para intentar ver qué pasaba, pero lamentablemente también fue capturado. Lo tumbaron en una camilla y empezaron a inyectarle cosas, a hacerle pruebas, a someterlo a terribles experimentos.

El jardinero se disoció del cuerpo, salió del mismo pues no era capaz de aguantar aquello, dejó que el homínido falleciera y decidió volver a su nave y puesto de observación. Pasó primero por el plano donde residía el gran espíritu de los animales, allá se despojo de su alma, que reintegro con la energía del campo de esa raza, y donde empezó a ver con tremendo horror como miles de almas de homínidos llegaban cargadas con ira, rabia, dolor y estupefacción ante lo que estaba ocurriendo.

El gran espíritu de los animales no daba crédito, estaban matando, torturando y experimentando con su contrapartida física y su ser, su conciencia, que no conocía más que la pureza, tranquilidad y felicidad de la vida empezó a cargarse con emociones poco conocidas hasta entonces. El jardinero se despidió del gran espíritu y le prometió encontrar una solución a lo ocurrido. Tras eso regreso a su nave.

Al llegar a la nave de vigilancia el jardinero, ya con su forma y apariencia normal, informó al resto de razas y miembros de su propia tripulación de lo ocurrido. En aquellos momentos no sabían que hacer, ellos solo eran cuidadores de planetas, no se habían encontrado nunca una situación de ese estilo. Estaban desbordados por el escenario que se les planteaba en esos momentos.

El jardinero que había bajado en primer lugar, siendo comandante de una de las naves principales y responsable de la monitorización del planeta hasta entonces en crecimiento, no tuvo más remedio que pedir a todo su equipo que empezaran a bajar por múltiples puntos del mismo para recoger información y entender que estaba pasando. Así fue como cientos de seres de diferentes razas empezaron a encarnar en las primeras especies de homínidos de la Tierra, para traer tras cada encarnación el máximo de información posible.
Tras decenas de misiones, el propósito estuvo claro. Otros grupos habían modificado genéticamente a los homínidos para crear una nueva raza de seres que funcionaran como esclavos, mano de obra y alimento para los intrusos. El paraíso que los maestros arquitectos habían creado resultó ser no solo un lugar de disfrute, sino uno de los planetas de la galaxia donde los recursos minerales, de flora y de fauna, que habían sido implantados, terminaron siendo un reclamo más que apetitoso para grupos que deseaban aprovecharse de ellos, en exclusiva propiedad.


En aquellos momentos, los jardineros no podían hacer nada más que esperar. Pasaron miles de años, diferentes grupos de voluntarios iban bajando al planeta de forma regular, encarnando en las nuevas formas físicas alteradas para encontrar la manera de liberar a esos homínidos del yugo de esas razas y restaurar el curso de la evolución. Sin embargo, ya no podían hacer mucho. La manipulación genética rompió la conexión con el gran espíritu de los animales, los nuevos cuerpos físicos creados ya no tenían conciencia grupal sino individual y se veían separados los unos de los otros.

Había nacido un nuevo “ser” en el planeta, un nuevo nivel “evolutivo”, que no tendría que haber existido si las leyes evolutivas naturales hubieran seguido su curso. 

Había nacido un ser que tenia cuerpo homínido, pero parte de sus genes y de su mente presentaba rasgos de aquella otra raza invasora, e incorporaba el carácter, la concepción y la forma de entender la vida de la misma forma que sus maestros creadores la entendían, sin las capacidades, potencial y conocimiento para comprender porque eran así, o como podían ser de otra forma. Esto último, por supuesto, no había sido transferido desde los creadores a los creados.

El nuevo ser se llamó “humano”, y a partir de entonces la vida en la Tierra cambió por completo. El nuevo “ser humano” estaba desconectado de los árboles, estaba desconectado de los animales, no podía ver a los elfos ni jugar con las hadas. El espíritu del agua y del viento ya no podían susurrarle historias, y el ser humano se volvió contra su planeta. Empezó a excavarlo para extraer minerales, empezó a destruir bosques para construir palacios, empezó a matar animales para hacer sacrificios, y empezó a destruir a la naturaleza para arar sus campos y sembrar aquello que de forma natural no crecía en ellos. Aprendió de sus creadores extraterrestres el concepto del poder y la dominación de los unos sobre los otros, aprendió el concepto de la manipulación del entorno para su beneficio, y lo peor de todo, es que no se cuestionaba ni un ápice que estuviera haciendo algo incorrecto y contranatural, pues no era consciente que ese no era el camino evolutivo que los jardineros y arquitectos del planeta habían planificado para la vida en la Tierra.
Sin embargo, por otro lado, la creación de millones de vehículos orgánicos individualizados, sin conexión con una mente grupal, permitió que cientos de miles de seres y espíritus de otras partes de la Creación entraran y encarnaran en el recién creado ser humano para experimentar una nueva forma de vida.

Esos espíritus, matrices de luz, porciones de la chispa divina nacidas del Logos Galáctico, o de otros Logos, o de otras Fuentes más allá de nuestro entendimiento, encontraron el recipiente perfecto para experimentar la vida cada uno a su manera y ritmo. Comprendían las condiciones en las cuales los vehículos que iban a ocupar habían sido creados, comprendían que el planeta había sufrido una manipulación y sabían que se había alterado el curso evolutivo planificado, pero la ley del libre albedrio obligaba a respetar el desarrollo de la situación, y la oportunidad de crecimiento y experiencia se volvía más increíble que nunca con estos nuevos parámetros, que, de repente, habían aparecido en un pequeño sistema solar en los confines de la galaxia.
No así lo veían los jardineros, pues, en todo momento, a lo largo de los miles de años que habían estado cuidando el planeta, consideraron este desarrollo como algo anormal, que había que solucionar. Pero, de nuevo, la ley del libre albedrio obligaba, y solo podían hacer una cosa. Entrar a restaurar el sistema desde dentro, tratar de volver a poner las cosas en su lugar, encarnando una y otra vez para que el nuevo ser humano recuperara su conexión con la naturaleza, la respetara, se diera cuenta de que había sido creado genéticamente y estaba siendo manipulado constantemente, como recurso, como mano de obra, como alimento.

Pero el problema es que para poder entrar tenían que usar los mismos cuerpos físicos genéticamente alterados, ya no podían encarnar en una especie homínida inferior y “limpia”, pues era del todo imposible hacer así el trabajo  ya que en esos momentos el nuevo ser humano dominaba ya el resto del planeta. Había que usar los mismos cuerpos físicos que habían sido creados en laboratorios e implantados y cuyas características primordiales que lo hacían compatible y respetuoso con el entorno habían sido suprimidas, y tenían que jugar con las nuevas reglas. Así, cada jardinero que entraba en el planeta tenia que luchar terriblemente por romper los velos, las restricciones, y las limitaciones del vehículo físico que ocupaba para tratar de hacer su trabajo y corregir el curso de los acontecimientos.

Y era muy frustrante, porque la mayoría de las veces se iba una encarnación tras otra sin conseguir romper el velo del cuerpo físico y de la mente humana, sin poder hacer despertar a la personalidad en la que se convertían tras la entrada, y en las pocas ocasiones en las que un jardinero, que ya estaban entrando por millones a lo largo y ancho del planeta, conseguía despertarse a si mismo, se encontraba con que el resto de seres humanos eran imposibles de despertar y no eran capaces de ver lo que había sucedido.

La información que transmitían en algunos casos ya quedaba relegada a la categoría de mitos y leyendas, cuando no de pura imaginación, pues los creadores genéticos se habían apoderado del todo de la mente arquetípica de la nueva raza, el ser humano, e instaurado el sistema de control necesario para poder usarla. No así lo veían los arboles, los elfos, las hadas, el espíritu del agua o el espíritu del viento, que empezaban a sufrir las consecuencias de esta situación. Y cada vez empezaron a protegerse más y a distanciarse más de unos seres con los que antaño compartieron camino.
Además, ocurrió un suceso inesperado. Los jardineros empezaron a generar karma. El planeta tenía unas leyes evolutivas estrictas, y si deseabas entrar en él debías adherirte a las mismas. Por el mismo diseño de los maestros arquitectos y del Logos Solar, todo ser que quería encarnar debía usar un alma nativa, formada a partir de los campos energéticos y planos internos del planeta, que mantenían unida la materia del cuerpo físico y servían de recipiente a la chispa divina que quería usarlos. Y esas almas tenían sus propias reglas evolutivas, así que cuando se generaban situaciones y experiencias con otras almas tenían que compensarse, balancearse y cancelarse.

Para los jardineros se generó un doble problema. No solo la frustración era por no haber despertado y por no haber podido llevar a cabo la misión, sino por encima haberse liado más con el sistema de vida en la Tierra, y haberse echado a la espalda compromisos que a partir de entonces iban a tener que cumplir, retrasando su misión, dentro de una planeta ya totalmente manipulado y bajo control de las razas creadoras.

Durante miles de miles de años la situación siguió igual, sino peor. Los jardineros originales, los que primero entraron, pidieron ayuda, y millones de seres de otras partes respondieron y empezaron a llegar, y a medida que el tiempo pasaba empezaron a preparar un plan de choque que solucionaría el problema por completo, si es que salía bien…

Todos los grupos que, por alguna razón o por otra, se habían visto involucrados con el cuidado del planeta y que conocían bien como funcionaban los ciclos evolutivos a lo largo de la galaxia se dieron cuenta de que, en “breve”, algo importante iba a suceder.

Se acercaba el final de un ciclo. Había una oportunidad de hacer pasar al planeta a otro plano frecuencial, donde la vibración y las energías encontradas modificarían por completo la vida orgánica, produciría un cambio total en la estructura atómica de la Tierra y con ello afectaría por completo a todos lo seres que lo habitaban. Se terminaría así de un plumazo la existencia actual de destrucción, la manipulación, y el control por parte de las razas creadoras del ser humano como un ser “implantado” y fuera de lugar, que se había convertido en una plaga y parasito para el resto de conciencias y seres que habitaban la Tierra.

Largo tiempo el espíritu grupal de las razas animales se lamentaba de los daños sufridos, miles de especies que fueron traídas de otros planetas fueron sacadas de aquí por los mismos que las trajeron, la naturaleza se había vuelto desconfiada del ser humano, los elfos, ondinas, gnomos y hadas jamás se hacían visibles para este, el espíritu del mar contenía la ira al ver como sus aguas se iban polucionando y contaminando.

Pero los jardineros, y las razas que creían que todavía era posible solucionar el problema no dudaron un solo instante en redoblar sus esfuerzos para despertar al ser humano, que, en su mayoría, seguía todavía sumido en su mentalidad dominadora, arrasadora y conquistadora, como si fuera el ser más inteligente que pisara el planeta en el que vivía, y sin darse cuenta que el resto de conciencias y seres lo consideraban más bien una plaga a exterminar. Si ya había millones de espíritus de jardineros de todas las partes de la galaxia encarnando, millones más llegaron para seguir encarnando y trabajando a destajo desde dentro. El Logos Solar, el padre energético de la Tierra, viendo que se terminaba el tiempo, pegó un grito desesperado que llegó hasta los grandes arquitectos de la creación, en el centro de la galaxia, y estos también decidieron intervenir. La Tierra era un planeta “enfermo” y necesitaba mucha ayuda.


Así, se convocó una reunión. Representantes del Logos galáctico, representantes de los árboles, el espíritu del viento, del agua, representantes de los elfos y de las hadas, representantes de las razas intra-terrenas que habitaban el planeta en armonía mucho antes de la creación del ser humano, y representantes de las diferentes razas de jardineros que atendieron la reunión desde sus naves espaciales empezaron a discutir que iban a hacer.

Algunos de los asistentes pensaban que un “borrón y cuenta nueva” sería una buena solución, ellos podrían encargarse de ello, limpiando el planeta de un plumazo y dejando que este se regenerara por completo desde cero. Esto representaba no subir de nivel evolutivo, sino mantener durante otro ciclo completo a la Tierra en el nivel frecuencial actual, pero limpia, empezando desde el principio. Otros, más benévolos, y entendiendo que el ser humano era un producto inconsciente de laboratorio, que había sido creado y que merecía una oportunidad para desarrollarse por si solo sin el yugo de sus controladores abogaron por permitirles que tomaran las riendas del cambio evolutivo en sus manos.

Para ello iban a ser guiados por millones de jardineros que entrarían de nuevo justo antes del cambio, y por los que estaban ya dentro, para instaurar las condiciones necesarias para permitir al planeta el salto de nivel. Los jardineros empezaron a buscarse entre ellos, y empezaron a despertarse unos a otros ayudados por sus representantes que estaban fuera del planeta en las naves. Cuando muchos de ellos empezaron a acordarse de quienes eran en realidad y para que habían venido, pudieron empezar a recibir instrucciones y planificar la última fase del plan de choque que debía implementarse,  algo que venía a ser como anclar una especie de manto energético que les permitiría mantenerse sujetos al planeta cuando este tuviera la oportunidad de cambiar de plano frecuencial dentro de la elíptica galáctica en la que se encontraba.

Aun así, para ello, los jardineros no eran suficientes en número, sino que hacían falta millones de seres humanos “despiertos”, y dispuestos a ayudar, para enraizar esas nuevas energías al planeta, de forma que este no se viera rechazado por la fuerza del vórtice que permitía el paso dimensional, lo que sucedería si la Tierra no era energéticamente compatible con el nuevo entorno al cual se iba a desplazar.

El problema es que no todos los asistentes a esa reunión confiaban en que los seres humanos lo pudieran conseguir. Pero es que, si no lo hacían, si no estaban listos cuando llegara el momento de la apertura del vórtice, con el nivel evolutivo suficiente para mantener la malla frecuencial necesaria para poder moverse de una zona a otra, el planeta se vería abogado a otro ciclo completo dentro del mismo plano, no se habría producido el salto, y aquellas razas que deseaban mantener al planeta como su zona de recreo y de suministro probablemente habrían ganado la partida.
Y eso no podía ser.

Estas mismas razas invasoras, ya lo sabían los jardineros, habían hecho y repetido el mismo patrón en todos los otros sistemas que habían conquistado, y, en algunos casos, habían llegado a destruirlos, volando planetas enteros en pedazos por la codicia, la negatividad y el deseo de poder sobre todo lo existente que existía en ellos. Y eso sería una gran desgracia para los maestros arquitectos que tanto amor habían puesto en la creación de la Tierra, y una desgracia para los espíritus que desde la Fuente no tendrían entonces un lugar como este donde experimentar y crecer.

Solo la Fuente entendía que estas razas actuaban según su naturaleza, y que habían tomado la decisión hacia eones, debido a la ley del libre albedrio, y como grupo, de renunciar a mantener la chispa divina en su interior, por lo que, volviéndole la espalda a la matriz de luz, sus almas se habían vuelto oscuras y mortales, necesitadas de tecnología para subsistir. El ser humano, por otro lado, jamás perdió la matriz de luz que residía en los homínidos, y por ello su esencia era inmortal, pero pocos de ellos sabían que la tenían, y muchos menos sabían usarla, dejarla salir y resplandecer y hacer que fuera ese espíritu que había encarnado en ellos quienes ayudaran a enderezar la situación del planeta, pues todos querían hacerlo, mientras buscaban sus propias experiencias y adquirían sus lecciones evolutivas particulares.

Solo por eso, o principalmente por eso, se les dio a los seres humanos la oportunidad de lidiar ellos mismos con el cambio evolutivo que tenían delante, aunque contarían con la ayuda de los jardineros, cada vez más numerosos, tanto los encarnados dentro del sistema como los que orbitarían y trabajarían desde fuera, combatiendo si era necesario y literalmente hablando, a los que trataban de hacer que los humanos no despertasen, y se mantuviesen bajo el sistema de control implementado desde hacía ya miles de años.

El plan ya estaba en marcha, y todos empezaron a trabajar duro para ello, pues el tiempo apremiaba, y había aun mucho por hacer…

- Y así concluye la leyenda, mi joven discípulo….
- Pero Maestro, ¡no puede ser!, no tiene final, ni moraleja, ¡ni me has explicado que sucedió al final con los humanos y el planeta Tierra!!
- Ah….- dijo el anciano maestro- es que eso aun no lo sabemos, porque, pequeño, el final aun está por decidir, y es en estos mismos momentos que la raza humana se está jugando su futuro…

Y entonces el discípulo lo entendió todo, y se levantó, salió fuera al jardín. Se arrodilló delante de un árbol, y le pidió perdón. Se levantó, fue al rio, y le pidió perdón al agua. Se acerco a un cervatillo, y le pidió perdón a los animales. Levantó su cabeza al cielo, se dejó mecer los cabellos, y le pidió perdón al viento. Tocó la tierra con las manos, y le pidió perdón al planeta entero. 

Y les prometió que no cesaría de luchar hasta que el curso natural de la evolución hubiera retomado su camino, y la Tierra volviera a ser el paraíso y el planeta creado para ser disfrutado, como había sido el deseo de los grandes maestros arquitectos y de todos los seres que en el residían.

* * * 
“Los jardineros de la tierra”, por David Topi