jueves, 4 de febrero de 2010



LA FLOR DE LA MADUREZ:

Rondando los cuarenta, (Entre los 33 y los 39) el individuo suelta el lastre del karma ya superado y los condicionamientos del entorno, cambiando su destino. Haciendo aquello que verdaderamente ama, siendo por tanto más honesto con la expresión de su verdadero Ser. Esto es posible porque en ese momento posee más experiencia y por tanto más luz para discernir el camino más adecuado y acorde con su ser interno.


La mayoría de las decisiones adoptadas anteriormente, fueron tomadas para: Cubrir necesidades básicas, formativas y educacionales o por influencias sociales.


En esta etapa en cambio lo hace de forma realmente voluntaria y libre, pues parece ser que durante la primera mitad de la vida estamos a merced de las expectativas del entorno, y subyugados por las necesidades más acuciantes (emocionales, trabajo, cobijo, etc.)


En esta etapa de madurez, el individuo se desprende de los ropajes que no le pertenecen y no reflejan fielmente su personalidad (se desprende de todas las “adopciones” no reales que adquirió por el camino, de las adherencias que no siente como suyas…), (Lo que ES, se desprende de lo que NO ES); es la etapa donde el individuo pasa por una metamorfosis interna, que le lleva a realizar también unos cambios externos que armonicen con su alma. También se llama a estos cambios internos: “Mudar la piel de serpiente”, o etapa de “la crisálida” que se convierte en mariposa, para volar más coherentemente.


Es posible que al terminar y dominar etapas, hubiese una especie de mecanismo de seguridad o dispositivo que facilitase la tarea de la re conexión con el propio ser, por medio del cual se activa algo nuevo en nosotros…O mejor dicho algo muy viejo: Nuestro verdadero espíritu. Y ello es posible gracias a que en ese periodo, nos conocemos más profundamente a nosotros mismos llegando a descubrir cuál es nuestra auténtica valía, y por tanto poseemos la audacia suficiente para reclamar nuestro verdadero lugar en el mundo, iniciando para ello los cambios que fuesen necesarios. Por eso no es de extrañar que en esta época surjan cambios de profesión, de pareja, de residencia, etc. Eso es porque el espíritu verdadero que habita en nosotros toma las riendas de nuestra vida (si le dejamos, claro), orientando y rectificando el rumbo los grados que se necesiten, ajustando la ruta y por tanto las metas al plan original.


Este paso es posible porque el alma se ha liberado en parte, de la impulsividad de la juventud y de los intereses egóicos.


Sólo quien se haya trabajado a sí mismo a un nivel profundo, consigue la recompensa que es: Auto conocerse. Sin esfuerzo no hay recompensa; y cada esfuerzo trae por tanto, su “salario”. Otros en cambio eligen conservar cuotas de egoísmo hasta el final de sus días, tornándose narcisistas. Estos últimos, olvidaron la máxima del maestro Jesús que dice: "Ama a los otros, del modo en que te amas a tí mismo". (Marcos 12, 28-34)

El orgullo ciega, estanca e impide el crecimiento del alma. En cambio, el amor incondicional nos libera de trabas para avanzar. Sólo el amor elevado nos permite volar en libertad.

(Maiga, 4-2-10)