miércoles, 4 de enero de 2012




APRENDER A DECIR NO...



Una de mis asignaturas pendientes es saber decir NO y saberlo decir a tiempo. Cuando digo no siempre me siento culpable. Es como si mi negativa estuviese dañando al otro. Como si no fuese todo lo compasiva que debo, todo lo condescendiente o todo lo comprensiva que me siento. No quiero dañar al resto de ningún modo y me aferro a la idea de que si alguien tiene que sacrificarse en algo, en mucho o en todo…esa debo ser yo.

Creo firmemente que lo que para otros es un trabajo imposible, gravoso o molesto, para mí no será sino un tiempo de empeño bien empleado para ayudar a los demás. Mi condición de servicio me confunde y se olvida de mi cuando me piden algo. Lo peor de todo esto es que con el tiempo he aprendido a darme cuenta, en el momento, de que no tengo por qué ceder siempre e incluso de que aquello a lo que no sé decir No me va a dañar acto seguido. Es un extraño proceso en el cual ese daño potencial queda rebajado ante la posibilidad de que los otros se vean ofendidos.

No tiene sentido cuando soy capaz de reflexionar “in situ” sobre cómo podría hacerlo bien y no lo hago. Es como si, en cierto modo, perdiese el afecto de quienes tengo en frente, aunque no los conozca. Tengo la sensación de que su momentáneo desagrado hacia mi caerá sobre mi cabeza como la espada de Damocles para partirme en dos. Y entre tanto me siento estúpida por ello y lucho por salir de este vicioso círculo del afecto ficticio sin demasiados resultados.

Me he comprado un libro con el que voy a comenzar el año para aprender a decir “no” cuando deba hacerlo y no sentir el peso de una culpa absurda arrebatándome la dignidad cada vez que me equivoco.


Pienso, muchas veces, la impotencia que siento cuando siendo tan capaz de analizar muchas de las situaciones que me suceden a lo largo de la vida, sobre todo en relación con las personas que frecuento, no soy capaz regalarles mi verdad para no ofenderlos. Es un círculo vicioso donde cuanto más me doy cuenta de las situaciones erróneas menos me dispongo a terminarlas.


En el fondo tengo una sensación terrible de querer salvarlo todo. De estar metida en una cruzada continua en la que pongo todo de mi parte para que lo que está torcido se enderece y los que agoniza, no muera. Pero también me doy cuenta de que hay doncellas que no quieren ser salvadas, como decía nuestro amigo Fisher en su libro “El caballero de la armadura oxidada” y que por tanto debemos dejar donde están.
Aprenderé a decir “no” aunque me cueste el año entero. Tengo tiempo por delante y ganas de hacerlo. No será fácil, pero es necesario. ¿Hay algún maestro/a dispuesto a ayudarme?.

(Publicado por Flor y Nata en:
http://mirarloquenoseve.blogspot.com/)